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Vivimos en sociedades plurales donde la ética tiene el papel de cuestionar, hacernos reflexionar y modificar nuestras diversas morales ligadas a valores culturales y por lo tanto cambiantes. 

Reivindicamos un abordaje basado en una ética feminista, asociada a la responsabilidad frente a la vulneración de Derechos Humanos de las mujeres y no a las creencias o convicciones del ámbito moral. 

Debemos evitar intervenciones que supongan un juicio de valor y cuestionen las decisiones de las mujeres en relación a sus procesos migratorios, a su cuerpo o a su sexualidad. Es propio de un contexto patriarcal negar a las mujeres su capacidad de decidir sus propias estrategias de resistencia. 

Defendemos un abordaje ético feminista que huya de posicionamientos que dan prioridad a cuestiones de “convivencia cívica” o de “visibilidad”, o que construyan “víctimas perfectas” basándose en estereotipos. La migración o la prostitución pueden ser elecciones de las mujeres, la violencia machista nunca lo es. 

Por ello, no es una “mejor víctima” quien desconocía que se dedicaría a la prostitución antes de ser captada por una red de trata. Ni se merece más derechos quien no había decidido migrar. El engaño en la trata existe siempre, aunque las personas hubiesen decidido viajar, aunque supiesen que se dedicarían a la prostitución, al servicio doméstico o a la industria textil. La decisión previa sobre la actividad, o sobre el deseo de migrar, no puede ser un elemento de culpabilización. 

La ética es, por lo tanto, la perspectiva para construir la defensa y garantía de los derechos de las mujeres en situación de trata como una clave desde donde cuestionar nuestras acciones y deconstruir imaginarios.