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Las vidas pertenecen a las mujeres, las soluciones, por lo tanto, son las suyas. Reconocer la capacidad para tomar decisiones de las mujeres es reconocer su autonomía. Es imprescindible el respeto de los procesos, tiempos de las mujeres en situación de trata para desvincularse de las situaciones de violencia desde la detección. 

Es absolutamente necesario desmarcarse de abordajes que reproducen la invisibilidad y niegan la capacidad de decisión de las mujeres. El papel de las intervenciones debe ser siempre acompañar y enriquecer con herramientas, recursos y medios en el marco de la garantía de sus derechos. 

El primer derecho que cabe restituir frente a una situación de trata es el reconocimiento a su autonomía, no solamente a su autonomía física en relación al derecho a una vida libre de violencia, sino también a su libertad para tomar decisiones, tanto en el proceso de desvinculación de los tratantes como en la recuperación. Esto incluye el derecho a decidir cuándo, cómo, dónde, a decidir mantener el proyecto migratorio o el ejercicio de la prostitución de manera libre. 

Al mismo tiempo, mensajes tales como “de la trata no se sale”, “necesitan ser rescatadas”, “las hemos liberado”, o ideas sobre la pasividad de las mujeres frente a la violencia, no solamente no reflejan su realidad como sujetos quitándole valor a sus resistencias, sino, además, las convierten falsamente en objetos de las intervenciones. 

Estos mensajes sobre-victimizados desaniman a aquellas que emprenden nuevos procesos para desvincularse de situaciones de trata. Un énfasis en la vulnerabilidad puede afianzarla aún más, ya que asume falsamente que las mujeres no pueden actuar por sí mismas. 

Por ello, las campañas de prevención de la trata en ningún caso pueden basarse en poner énfasis en la vulnerabilidad de las mujeres, restringir sus libertades o infundir miedo a que tomen sus propias decisiones.